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El origen de la crisis del sistema educativo

Manuel Blázquez - Educación

3 de Enero de 2012

La Escuela española pierde alumnos. Hace unos años se podría pensar que se incorporaban a mercado laboral, pero hoy en día es difícil ubicar a una persona sin cualificación en un mercado laboral también en crisis.


Durante los primeros años del siglo XXI, se ha constatado una reducción significativa del número de estudiantes, sobre todo en los cursos de enseñanza superior en el entorno educativo español. Esto ha alertado a profesores y docentes en general. Algunos investigadores sugieren que el factor más importante para este decrecimiento es precisamente una reducción en la población infantil y juvenil.

No obstante, otros apuntan a un factor menos natural y aún más peligroso. La base de la que se nutre el Bachillerato y la Universidad, esto es, los estudiantes en la etapa de secundaria están abandonando las aulas. Y el factor principal al que se dirigen todos los estudios es la falta de motivación en las aulas por promocionar en los estudios.

¿Se trata de un comportamiento cíclico en la Sociedad? ¿Es el resultado de un sistema educativo que está en crisis? ¿Está ocurriendo lo mismo en otros países? Para responder a estas preguntas, multitud de investigadores en sociología y educación están ofreciendo datos significativos al respecto.

El origen del problema se originó veinte años atrás

Para observar el comportamiento masivo de los jóvenes estudiantes, es necesario echar la vista atrás a un aspecto que en principio poco tiene que ver con las cuestiones educativas pero que resulta un martillo pilón que destroza todo un sistema. La situación económica en España ha sido durante los últimos veinte años ciertamente inestable. El hecho de encontrarse inmersa en la Unión Europea, al abrigo de ayudas destinadas a la cohesión de los socios ha hecho que la Sociedad española haya vivido en una montaña rusa.

Entre 1993 y 1998, España, como otros países sufrieron una crisis económica severa que redujo el crédito y el flujo de dinero. Esto supuso que el elemento más débil de nuestra sociedad, el empleo, aumentara de forma significativa. El problema fue que no se vio que se trataba de una cuestión endémica sino que se achacó a una cuestión política. El gobierno socialista de Felipe González estaba sitiado por el aumento de los casos de corrupción y la oposición encontró un filón para intentar convencer a la opinión pública de que se trataba de un problema con un culpable, desviando la mirada hacia otras cuestiones.

El desembarco en los medios de la oposición fue una maniobra estratégica sin precedentes y pudieron llegar a convencer de que un cambio de gobierno era la única solución a nuestros problemas. Probablemente, lo mejor en aquel momento era un urgente cambio de gobierno, pero los discursos políticos de uno y otro lado se basaron únicamente en la cuestión política. O al menos, el común de los ciudadanos no recibió ningún mensaje diferente.

Y parece que tras el triunfo de José María Aznar en las elecciones de 1996, las recetas de austeridad implantadas fueron efectivas y comenzaron a dar frutos entre 1998 y 1999, años en los que se vio crecer el empleo. Pero, realmente ¿las medidas impuestas fueron la solución o fueron un acompañamiento a influencias del exterior que hicieron mejorar la situación del país?

Resulta significativo observar un dato revelador acerca del acceso al crédito por parte de las familias. En las postrimerías del siglo XX, en menos de un lustro, el crédito para el consumo y la confianza de los bancos en los clientes que solicitaban una hipoteca pasó de ver riesgo por todos los lados en 1993 a casi no pedir avales en 1999. Es más, a este respecto, el Banco de España, por entonces emitió un comunicado a todos los agentes hipotecarios, pidiendo, incluso exigiendo que se limitara el crédito al 80% de la inversión.

Y España cambió, ahora éramos ricos

Nadie hizo caso. Se aprovechó de una bonanza económica y en 2000 se podía pedir al banco, a interés hipotecario y contra la misma cuenta, el valor de la vivienda, la reforma de la casa, el mobiliario y de paso, se pagaba de golpe lo que quedaba por pagar del coche familiar y un poquito más para que la familia tuviera un colchón en una cuenta de alto rendimiento.

Esta situación, aunque lejana, es precisamente el origen de una cultura devastadora. Una cultura en la que el factor educación poco tenía que hacer. Mientras el país crecía económicamente, la población recibía el mensaje constante de que el consumo era algo a su alcance a precio regalado. ¡¡ Hay que ver cuánto da de sí nuestros sueldos!!

En resumen, no es necesario estudiar, el empleo es accesible. Hay tanto empleo que hasta personas procedentes de países americanos llegan a millones ante el efecto llamada para cumplir el sueño español.

El dinero circula pero los estudiantes se van de la Escuela

Según crecía la economía, España estaba perdiendo activos por otro lado. Los alumnos dejaban de ir al Instituto con la idea de ponerse a trabajar de inmediato. En la escuela secundaria de 2000, España había perdido casi medio millón de estudiantes que habían terminado la Educación Primaria, pero que por arte de magia desaparecían de las estadísticas en el cambio de etapa.

En 2009, esa cifra había crecido hasta casi un millón de alumnos que habiendo terminado estudios de educación primaria, no acababan la Secundaria y actualmente esa cifra supone que uno de cada tres estudiantes en el sistema educativo español no consigue terminar unos estudios obligatorios.

A la vista de los datos, se hace urgente la imposición de algún tipo de corrección en la programación de un sistema educativo que no dispone de armas suficientes para luchar contra su peor enemigo, la economía. Y debería de ser todo lo contrario, la economía no debería ser un elemento disuasorio sino complementario. De hecho, ésta se nutre fundamentalmente de talentos.

Pocas implementaciones se puede hacer, salvo esperar que los legisladores se den cuenta que hay que no de debe aislar los problemas educativos de las necesidades de la sociedad. La cuestión educativa no puede ser ideologizada ni debe estar sometida a cuestiones electorales. Eso es jugar sucio con el futuro del país.

Cambiar las leyes educativas, reinventando un nuevo sistema se ha de basar en la potenciación de aquellas normas que satisfagan las necesidades actuales y futuras de la sociedad, especialmente en el aprendizaje potenciado por la tecnología. En este sentido, las escuelas deben ofrecer una visión más práctica del aprendizaje. No se puede preparar a nuestros alumnos que se encontrarán con un mundo tecnificado y “tecnologizado”, con herramientas del pasado.