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El mar de Aral, ¿cuándo va a parar la estupidez humana?


Manuel Blázquez - Ecología

17 de Agosto de 2012

La desecación del Mar de Aral es considerada como una de las diez mayores catástrofes ecológicas del planeta. Pero el problema, al que nadie presta atención, no sólo es una catástrofe ecológica. También es un desastre humano para la población de un área de casi una quinta parte del territorio español.


Si un volcán hundiera una isla o un terremoto arrasara un territorio o incluso, si una conjunción de ciclones, huracanes y tornados llegaran a borrar del mapa las ciudades de un determinado país, todo el mundo estaría de acuerdo en que contra los poderes de la naturaleza nada se puede hacer.

Estos ejemplos se han dado a lo largo de la Historia de la Tierra y es bastante poco probable que alguno de los actuales habitantes del planeta llegue a ver alguna catástrofe de esa magnitud. Lo que está claro es que si llegara a ocurrir, sería la noticia del siglo.

El caso del Mar de Aral, no tiene riqueza, nadie lo atiende Uno se imagina una catástrofe ecológica como algo que sucede repentinamente, como si cayera un meteorito y produjera un cráter de un kilómetro de diámetro. De hecho, el cine nos tiene acostumbrados a magníficos efectos especiales sobre catástrofes naturales. Pero se da el caso que existe actualmente un desastre de magnitudes planetarias y nadie dice nada. No sale en ningún noticiero. Solo unos pocos se atreven a mostrar su indignación con la publicación de un artículo, la emisión de un documental y poco más.

Es el caso del Mar de Aral. Bueno, Mar por decir algo. Mar si fue en el pasado. Pero actualmente no es más que un pequeño lago cenagoso contaminado. Las aguas del Mar de Aral, compartido por Kazajistán y Uzbekistán, se extendían antes de 1960 por casi 70.000 kilómetros cuadrados. Cincuenta años después, su área apenas llega a 17.000 kilómetros cuadrados. En total, su área ha decrecido en un 60% y su volumen en más de un 80%.

La riqueza de este enorme lago en la zona más occidental de Asía, era conocida en la región por actuar como un lago simbiótico con el desierto. Dos ríos vertían sus aguas, Amu Daria en el sur y el Sir Daria en el noreste. En realidad, en la antigüedad era empleado en numerosos puntos como lugar de parada de caravanas en las rutas comerciales que conectaban Oriente con Occidente.

Más cercano al siglo XIX, era significativa la flota pesquera y comercial que surcaba sus aguas. A mediados del mismo siglo, la misma flota imperial rusa construyó barcos militares para hacer valer su predominio sobre la zona. Se llegaron a registrar capturas anuales de 44 mil toneladas de pesca.

Las denuncias de la situación Hoy en día, casi nada queda de aquello. Se puede comprobar con un sencillo ejercicio. Introduciendo la dirección de Google images en cualquier navegador, se puede escribir “Mar de Aral”. Basta contar la cantidad de fotografías que aparecen de barcos encallados en medio del desierto. Kilómetros y kilómetros de barcos varados, oxidándose y corroyéndose ante el paso del tiempo.

Se pueden ver todavía más ejemplos en la infinidad de videos que existen sobre la zona. Un ejemplo es el propuesto por Huffpost Green en el que se observan una serie de clips en los que se puede llegar a tener una idea de la magnitud del desastre ecológico. Incluso algún director de cine como Isabel Coixet, se ha lanzado a dirigir un documental de información y denuncia sobre la situación.

La edición digital de la BBC, en un artículo publicado en 2004, habla de evidencias acerca de un exagerado número de casos de cáncer y enfermedades provocadas por la toxicidad del área. Se dan dos circunstancias. Por un lado, el mar está en constante retroceso bajando el nivel de sus aguas 5 metros cada 10 años.

Por otro, una vez que queda desierto el lugar que antiguamente ocupaban sus aguas, las toxinas y demás agentes contaminantes vertidos quedan en la tierra. Una tierra saturada de sal y vertidos tóxicos.

El viento y los agentes atmosféricos, llevan el polvo y las toxinas a través del aire a cientos de kilómetros en su entorno. Y el impacto en los habitantes se muestra en multitud de casos de cólera, tifus, enfermedades de tracto digestivo, leucemia y sobre todo, cáncer de esófago que se ha desarrollado en el 80% de los casos de cáncer.

Como se llegó a la catástrofe En 1960, la Unión Soviética a través de sus líderes, idearon la forma de organizar cultivos de algodón. Sonaba a mensaje mesiánico, “del desierto extraeremos riqueza”, decían algunos políticos de la región.

Los planes de la URSS de emplear millones de hectáreas al cultivo de algodón, pasaba por emplear miles de metros cúbicos de los ríos que vertían sus aguas en el mar de Aral. Esto supuso, de facto, desviar la mayoría de su caudal, con lo que pronto se empezó a dejar de verter las aguas al gran lago. “El mar de Aral es un error de la naturaleza” dictaminaban los jerarcas soviéticos, para de esta forma poder emplear todos los medios a su alcance para conseguir sus fines. Por otro lado, una medida muy soviética la verdad.

A medida que el mar se iba secando, la industria pesquera fue yendo a pique hasta que finalmente desapareció, dado que la vida se estaba paulatinamente extinguiendo en un lago convertido en lodazal.

Una triste noticia para la Humanidad que poco a poco observa sin hacer nada, cómo se dejan pasar oportunidades de resarcirse. Lo que está en juego es la salud de esta generación y la supervivencia de las siguientes.

Parte del artículo que acaba de leer forma parte de una publicación del propio autor con mención especial en Suite101.net.