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Liz Murray, el coraje y fuerza vital en estado puro

Manuel Blázquez - Sociedad

14 de Marzo de 2012

Existen personas extraordinarias en un mundo que son ejemplo de empuje y determinación. Liz Murray es una de ellas.


Liz nació en 1980 en el barrio del Bronx en Nueva York en el seno de una familia que ya tenía una niña. Los padres de Liz eran drogadictos y, según dice Liz, “empezaron la fiesta de música disco, alcohol y drogas en los 70 y todavía seguían de fiesta en los 80”. Como dirían los Eagles, vivían permanentemente en el Hotel California.

Los meses de la rutina y del hambre para Liz Murray

Ella recuerda, cuando era niña, como pasaban los meses con la misma rutina. El primer día de mes, el cartero llevaba una carta que contenía un cheque de los servicios sociales. Se preparaban y se iban sus padres, su hermana y ella al banco para cobrar el talón. Con el dinero en la mano, los padres subían a un piso para comprar drogas mientras las niñas esperaban en la calle.

Con los dólares restantes hacían la ronda por las tiendas en el barrio para comprar la comida que pudieran. Y lo que podían no daba para mucho. A la semana, la comida se había acabado. Liz y su hermana comenzaban los paseos diarios por su edificio, llamadas por el aroma de la comida que venía de las casas. Llamaban a las puertas y de vez en cuando, algún vecino les dejaba pasar para que comieran algún plato. Pero cada fin de mes, las puertas ya no se abrían cuando tocaban la puerta. Y el estomago dolía y ardía de hambre.

Liz iba al colegio de tarde en tarde, sobre todo los primeros días del mes, cuando se sentía con más fuerzas. El resto del mes pasaba los días en la calle. Ella recuerda como le recibían los niños y profesores del colegio, extrañados por la falta de asistencia. Claro que a principio de los años 90 en el Bronx no era raro ver niños en situaciones parecidas. Todos los meses sucedía lo mismo, todo formaba parte de una rutina, la única rutina que conocía Liz.

Un muro contra el mundo, el problema del SIDA

Una tarde, su madre habló con ellas para decirles que tenía SIDA. En esas condiciones de salud, higiene y sobre todo sin acceso a los medicamentos apropiados, era como anunciarles que moriría en unos meses. Liz recuerda como en un ataque de rabia, su madre cogió todas las drogas que tenía en un cajón y se metió con ellas en el baño.

Liz pensó que se suicidaría de sobredosis. Pero escuchó aliviada como su madre, entre sollozos, tiraba de la cadena de inodoro. Tiró las drogas por el retrete. Pero ya era tarde. En unos meses, la madre de Liz murió, no sin antes decirles que debían de ir al colegio, que tenían que conseguir terminar los estudios. Les enseñaba los brazos picados por miles de agujas, como tratando de enseñarles una lección sobre lo que tenían que evitar.

Liz se encerró en sí misma. Estaba furiosa contra el mundo. Según dice ella, “existía un muro entre mí y el resto. Era yo contra el mundo”. Y dejó definitivamente de ir al colegio. Su padre fue ingresado en un refugio social donde recibía algunos cuidados. Y Liz y su hermana se quedaron solas. Pudieron dormir unos días en casas de amigas, pero llegó un momento en que ya no les alojaban más. Liz tenía 16 años.

Y entonces comenzaron a dormir en estaciones de metro, en trenes o donde pudieran. Liz recordó el deseo de su madre como única salida a su situación. Iba de colegio en colegio pidiendo que la admitieran. Pero ninguno la admitía.

La decisión que revolucionó su vida

Hay días en la vida de las personas en los que se toma una decisión de vida. Una decisión que cambia todo, que lo revoluciona todo. Esa mañana Liz estaba sentada en un banco de Times Square, esperando hacer una entrevista en su enésimo instituto. Tenía hambre y cuatro dólares en el bolsillo. Pensó si acudir a la cita o si comprar un trozo de pizza que le aliviase el estómago.

No fue fácil la decisión, pero al final acudió a la cita. Y le admitieron. Y no solamente eso. Le recibió, según dice Liz, un ángel. Un profesor, Perry, que le ayudaría a levantar el vuelo. Y claro que lo levantó. Y ocurrió el milagro. Un redactor del New York Times se enteró de la historia de Liz y publicó un artículo contando su vida.

Al siguiente día, diez desconocidos aparecieron en el Instituto ofreciéndole a Liz un desayuno, un bocadillo para el mediodía, una comida familiar en domingo, unos dólares para pagar un alquiler, incluso una señora le pidió la ropa sucia para lavársela. Y les siguieron más personas y más días. En solo dos años, se graduó.

El New York Times le ofreció una beca para jóvenes necesitados para estudiar la carrera de Psicología en Harvard. Hoy en día, es autora del libro Breaking nights y fundadora de Manifest Living, una empresa a través de la cual se ofrecen talleres para que la gente potencie las habilidades extraordinarias que cada uno posee.

Este artículo fue publicado por el autor en Suite101.net